La película de la semana: Showgirls

Lo mejor era el póster.
Lo mejor era el póster.

Había una vez una película que recibió palos a troche y moche. Puede que no los mereciera, pero se los llevó todos. Showgirls (1995) es uno de los títulos más controvertidos de los años noventa, hasta el punto de recibir un Razzie a la “peor película de la década”. Y tampoco estuvo exenta de polémica. Debido a la negativa de su director Paul Verhoeven a censurar o retocar escenas, recibió en EE.UU. la calificación de NC-17 (casi al nivel del porno) y vio restringida el número de salas donde se podía estrenar. A los palos que se llevó de las asociaciones más moralistas se sumaron las de la crítica especializada y una mediocre recaudación.

Es por esa razón que muchos blogs y revistas la han comentado años después, en su gran mayoría para defenderla como “título de culto”. Tras revisionarla en Café Caracoles, puedo responder dos sencillas preguntas: ¿Merece todos los golpes que se llevó en su momento? No, ni por asomo. ¿Es por ello un buen título? Tampoco nos pasemos. Es una idea buena, pero mal representada.

¿Tienes una idea? Te la financiamos. Carolco

Antes de que Verhoeven se pusiese manos a la obra con Showgirls, tenía en sus manos el proyecto destinado a salvar Carolco, productora con la que ya había trabajado en Desafío Total e Instinto Básico, y que en 1993 estaba al borde de la quiebra por su alocada gestión. Paul tenía en mente una megaproducción sobre las Cruzadas con Arnold Schwarzenegger. Hoy de Crusade solo queda un póster pero llegó a suponer un gasto superior a 10 millones de dólares sólo en guión, cláusulas y algunos decorados. Tan desproporcionado era el presupuesto que ninguno de los dos fue capaz de concretar una cifra, por lo que el rodaje histórico se suspendió.

Aunque la elección final de Carolco fue La Isla de las Cabezas Cortadas (que significó su bancarrota), el director holandés no se quedó de brazos cruzados. De forma paralela, a finales de 1992 el guionista Joe Eszterhas (autor de Instinto Básico) consiguió financiación para su nuevo proyecto: Showgirls, ambientada en bailarinas eróticas de Las Vegas y protagonizada por Nomi Malone, una arrabalera de pasado turbio con ganas de triunfar. El productor Charles Evans le pagó la friolera de dos millones de dólares… sin que hubiese hecho una sola frase. Solo por la idea.

El húngaro tenía apalabrado a Verhoeven, su partenaire, quien rodaría primero Crusade (cosa que no pasó) y después se ocuparía de esta rareza. El resto es historia: Carolco compró el guión a Evans y además adelantó al escritor más dinero para producirla: un total de 3,7 millones. Más que el coste por el guión del thriller de Sharon Stone.

Nomi compra trajes de Versés. Diseñador catalán, de Osona.
Nomi Malone compra trajes de Versès. Diseñador catalán, del Baix Camp.

Verhoeven se aprovechó del dispendio que caracterizó al estudio para permitirse otras locuras. Como la trama iba a ambientarse en Las Vegas, viajó a la “capital” del juego para entrevistarse con bailarinas profesionales de striptease, empaparse de sus historias personales y aportarlas al trabajo. Eso puede permitirse si entablas contacto con cinco o diez muchachas, pero para Showgirls se habló con más de doscientas.

Con semejante gasto en guiones y ambientación, quedó un pequeño fleco por resolver: los actores principales. No tenían gran cosa para ir a por los mejores y el erotismo que destilaba echó atrás a los menos predispuestos, así que todo se centró en caras televisivas con potencial. La protagonista (Nomi Malone), interpretada por Elizabeth Berkley, era Jessie en Salvados por la Campana y asumió su primer papel protagonista en cine, mientras que el rol masculino era de Kyle MacLachlan, el agente Dale Cooper en Twin Peaks. El resto se completó como mejor se pudo. Y al final, una cinta que al principio pasó por “cine independiente” disparó su presupuesto hasta los 45 millones de dólares.

El otro gran papel era el de diva destronada (Crystal Connors), defendido por Gina Gershon. De las opiniones posteriores que he podido leer, la suya es la más interesante y refleja que la cosa no pintaba nada bien.

Gina hizo la prueba para Showgirls (que pensó sería más seria, como las películas que hacía Verhoeven en Holanda, una adaptación moderna de Eva al desnudo en Las Vegas) durante tres meses seguidos. Llevó maquillaje en todos sus encuentros y mintió sobre su edad para convencer al estudio de que podía interpretar a una diva madura y cabrona. Cuando entró al estudio, se dio cuenta de que iba a hacer algo completamente distinto del drama que se había imaginado. (…) “He estudiado a los clásicos. Quiero hacer teatro griego. Quiero hacer obras de (Anton) Chejov. ¿Qué coño estoy haciendo aquí? Pensé que sería un concierto de Wagner y me di cuenta de que parecía más un show de Britney Spears”. (Fuente, Daily Beast)

"¿Ves esa caja de pañuelos, Nomi? Adivina qué harán con ella muchos de nuestros espectadores"
“¿Ves esa caja de pañuelos, Nomi? Adivina qué harán con ella muchos de nuestros espectadores”

¿Qué podía salir mal?

La crítica a Showgirls se resume en una palabra: chabacano. El cine está lleno de ejemplos eróticos muy vistosos para el espectador, pero en este caso se trasladó el mundo del espectáculo desde un prisma tan excesivo, que hasta las canciones de Susana Estrada podrían cantarse en misa de 12:00. Eso puede justificarse con Nomi Malone, una prostituta choni que pretende pasar por fina sin saber pronunciar Versace, pero no con el resto del reparto. Todo es demasiado gratuito, hecho para provocar más que para complacer, y se supedita al texto. No estamos hablando de cine porno, sino de algo que (se supone) tenía que dar beneficios en taquilla, por mucha libertad creativa que tuviese el combo Eszterhas-Verhoeven.

Y eso que la idea de base es muy buena: vivimos en un mundo tan competitivo que muchos están dispuestos a cualquier cosa para medrar. Y más en el espectáculo. Ya sea meterse a puta, hundir psicológicamente a tu rival o incluso hacer que sufra un “accidente”. Todo eso pasa en Showgirls. Somos testigos de la progresión de Nomi, una mujer que huye de su pasado, y de todos los problemas que deberá afrontar, cada vez mayores: desde conseguir trabajo porque un conductor cabrón le roba lo poco que tiene, hasta enfrentar que a su mejor amiga la han violado unos bestias. Entre medias hay una denuncia bastante evidente del trato a la mujer como objeto. Las apariencias engañan.

Por lo tanto no es un problema de argumento, sino de como se plasma en pantalla. Es decir, de un guión que va al morbo puro. No es tanto una cuestión de “culos y pechos”, pues estaba claro que íbamos a verlos si hablamos de espectáculo en Las Vegas. Son pequeños detalles que se amontonan: bailes sin sentido en mitad de la trama, escenas que parecen un sketch de humor porno (el famoso polvo en la piscina), “alivios cómicos” y, por encima de todas las cosas, esas frases lapidarias.

  • Debe de ser raro que no se te corran encima.
  • Nomi, ¿tú crees que me han crecido las tetas?
  • Me rompí un diente con un valium. Era mi dentista.
  • Yo estoy erecto. ¿Por qué no estás tú erecta?
Así se piden los cubatas en Benidorm.
Y por supuesto “Ten, ponte un poco de hielo”.

Sin olvidar las escenas pseudolésbicas entre Nomi y Crystal Connors, con diálogos sobre comida que directamente no tenían sentido.

– Yo he tomado comida de perro
– ¿De verdad?
– Hace mucho tiempo. Doggie Chow. Adoraba el Doggie Chow.
– ¡Y yo! (risas) Es cierto, era rico…

En ese sentido, Showgirls tiene el doble mérito de estar infravalorada por sesudos analistas (para qué negarlo) y sobrevalorada por muchos de sus defensores. A mí me resulta del montón. Es entretenida, tiene momentos divertidos, pero sus defectos saltan a la vista.

Quizás esa visión negativa se acentuó por todo lo que le pasó detrás. Se estrenó dos meses antes de la quiebra de Carolco, razón por la que se vendieron los derechos de distribución a distintas empresas (en Europa se los quedó la francesa Chargeurs). En EE.UU fue considerada película para adultos y la recaudación fue muy pobre: 20 millones en su mercado, 37 en todo el mundo. Insuficiente para recuperar los 45 millones invertidos, algo que se consiguió años más tarde por la venta en VHS y DVD. Para entonces ya era ese “título de culto”, pero las carreras de sus actores se vieron afectadas por el fiasco. En especial Berkley, que quedó relegada a roles secundarios en televisión.

Y quien pagara por verla debió sentirse atracado al final.
Quien pagara por verla debió sentirse atracado al final.

No es que la crítica norteamericana la masacrara porque fuese “demasiado sexual” o porque “son muy conservadores”, no. De haberlo hecho, no la habrían ni comentado y la recaudación hubiese sido menor. Solo es un título que pudo haber sido más. A veces estas apuestas salen bien y a veces no. ¿La razón? Como diría alguien que sabía más que todos nosotros, Roger Ebert:

El erotismo requiere una conexión mental entre dos personas, mientras que para masturbarse solo se necesita la imagen de otra persona.

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