Gamera: Super Monstruo

e0033570_237798En la historia del cine hay muchas películas que se han hecho por obligación. No del tipo “dictador norcoreano que secuestra a un director de cine” (todo eso es Pulgasari), sino más bien la imperiosa necesidad de crear algo antes de que caduquen los derechos o porque te lo dice un contrato. Con semejantes urgencias a lo mejor suena la flauta y todo, pero lo más normal es que acabe siendo un fracaso absoluto. Y Uchu Kaijū Gamera” (1980), más conocida como “Gamera: Super Monstruo“, es un claro ejemplo de algo hecho con prisas, sin remilgos y de forma chapucera.

Esta cinta es una de las joyitas que pudieron verse en la Cutrecon, que del 24 al 26 de enero celebró en Madrid su tercera edición. Dado que la “Tarzán” de Dingo no se ofreció porque el DVD no la leía “la película estaba caducada”, se abrió el festival con la aquí reseñada. “Uchu Kaijū Gamera“. Basada en la popular saga de monstruos “Gamera” sobre una tortuga gigante voladora (lo cual nos pone sobre aviso), se trata de un Frankenstein del celuloide, hecho a partir de trozos de siete anteriores. Dicho así recuerda al capítulo de Los Simpson sobre la peli de “Radioactivo Man”, cuando Milhouse abandona el rodaje y se propone un montaje con escenas sin ninguna relación…

…pero en el caso de los nipones responde más a esa obligación que cito al principio, pues la productora responsable (Daiei Film) quebró en los años 70 y a sus nuevos propietarios no les quedaba otra que hacer la última de Gamera, firmada por contrato. Si no salía bien, la arriesgada inversión se iba al garete. No tenían un duro; pero como había material de sobra para ir tirando, decidieron rodar todas las escenas necesarias sin hacer ninguna con nuestra querida tortuga gigante, pues eso habría supuesto un gasto inasumible. ¿Como se las apañaron? Mezclando metraje original con combates antiguos, bajo un hilo argumental que, pasada media hora, pierde todo el sentido.

Y el engrudo que une todo es el siguiente: el malvado alien Zanon (al que no veremos nunca en la hora y media que dura este suplicio), desde su Destructor Estelar calcado de “La guerra de las galaxias”, está a punto de invadir la Tierra enviando monstruos a lo “plaga bíblica”. Nuestras defensoras, un trío de guerreras espaciales (risas), tratará de impedirlo. Mas son incapaces porque las detectan siempre cuando se transforman con su coreografía, digna de una actuación de Israel en Eurovisión. La líder, por cierto, era en aquella época una luchadora del circuito profesional de pressing catch nipón: Mach Fumiake.

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Es aquí donde entra en juego el protagonista de este sindiós: Nobita Keichi, un niño corriente y moliente que está obsesionado con Gamera; tiene todos sus póster, duerme con las revistas donde sale (literal) e incluso le ha compuesto una canción. A juicio de nuestro trío de salvadoras, es la única esperanza de la humanidad por los vínculos que mantiene con el bicho. Y si bien es cierto que Keichi y Gamera solo coinciden en un plano al final (y por el croma)… ¿hace falta que den más explicaciones de eso? Porque se resumen así: el crío se compra una tortuga, la suelta al río… y a diapositivar. En este caso, a montar.

"O se calla el crío o lo reviento". Tranquila, Mach: todos tuvimos esa sensación en la sala.
“O el crío deja de tocar o lo reviento”. Tranquila, todos tuvimos esa sensación.

Para unirlo todo, Zanon envía a una mujer alienígena de su cuerda, “Giruge”, encargada de desenmascarar a las superheroínas y de convencer al niño rata de que Gamera no vale un pimiento. Sabremos siempre que es ella, por cierto, porque es la única señora de Japón que le habla a un reloj de pulsera Flik Flak.

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Esto es 33 años antes de inventarse el Samsung Galaxy Gear.

Con los actores ya presentados, cualquier espectador atento se da cuenta, pasado un cuarto de hora, de que la sensación de unidad entre historias se cae como un castillo de naipes. Canta mucho qué escenas son originales y cuáles no. Y no me refiero al color, que diría Mario Conde. Dada la falta de presupuesto, los exteriores grabados para la ocasión son parques, garajes o casas de particulares. Algo que contrasta con los decorados de cartón piedra que caracterizaban a la saga, y que solo aparecen en el relleno.

Durante un tiempo se las apañan justificando que Gamera “salva ciudades”. Pero pronto eso se olvida y se junta todo sin ton ni son, llegando incluso a concluir tramas a lo cutre. Mi favorita es una que implica al niño y a la malvada Giruge, a la que sigue viendo como amiga pese a haberlo secuestrado. En un momento dado el crío huye de sus garras, sin escapatoria posible al estar en una playa de las afueras. Pues bien, la mejor forma que se le ocurrió a los guionistas para sacarle de ahí fue… que la guerrera espacial usase un piano mágico que proyectara en la pared de su casa una imagen para teletransportarle. Sí. Tal cual.

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“Siempre que vean una cosa así, lo hizo un mago”.

Con el primer recurso agotado, y luego de ver porradas sin mayor justificante que el “reparto hostias hasta quedarme solo”, al pérfido Zanon se le ocurre PASADA UNA HORA que bien podría lanzar un rayo e instalar un aparatito para tener a Gamera a su merced. Una vez el bicho ha destruido todo a su paso (naturalmente, metraje de otras cintas), el trío de heroínas y el crío llegan a la conclusión de que no lo hace por voluntad propia… gracias a un análisis de vergüenza ajena.

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Efectivamente: un DIBUJO de los órganos de Gamera y una luz que brilla y parpadea. Ni siquiera fueron capaces de poner ese mismo brillo sobre una imagen en movimiento, así que optaron por la solución más fácil y barata. La forma en que se lo quitan no es tan cuestionable, pero canta igualmente: Mach Fumiake “vuela” (a lo Supersonic Man) hasta un lomo de Gamera que debían tener guardado en un almacén y consigue liberarlo del mal que le aflige.

Quizás la parte más interesante llega en la media hora final, donde podemos ver un combate (mal) coreografiado entre la lideresa del trío espacial y Giruge, que no se quita los tacones ni para dar saltos mortales en un parque infantil cubierto de arena. La lucha de titanes acaba con la antagonista en el suelo, disparándose a la pierna ella solita por accidente. El ketchup refleja la gravedad de la lesión. Tan traumática como la de Radamel Falcao.

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¡Hostia, hijo de puta, ma’ hecho un esguince!

A partir de este tramo final todo da igual. Vemos dos peleas de archivo sin un argumento que las sostenga o relacione con la trama. En la última, protagonizada por un monstruo que dispara arcoiris asesinos (y que además es la segunda peli de la saga, ¡de 1966!), podrían incluso haber citado que Gamera volvía a los orígenes, si quisieran echarle un poco más de morro.

Una vez acaba con el último bicho, la peli se termina… con Gamera sacrificándose por la humanidad, inmolándose como yihadista sobre la nave espacial de Star Wars del principio, para salvarnos a nosotros pobres mortales. Al más puro estilo Poochie, a la tortuga solo le faltó soltar “he de irme, mi planeta me necesita“. Lástima que no pueda hablar. La depresión del niño por semejante heroicidad se le pasa a los dos minutos, cuando el trío de superguerreras se lo lleva volando sobre los cielos de Tokio y aparecen los nombres de los responsables de este atentado audiovisual. Teletransportémonos a 2052.

Si me dicen que pone "jódete" en vez de "fin", me lo creo
Si me dicen que pone “jódete” en vez de “staff”, me lo creo.

Y hasta aquí, una de las mayores tomaduras de pelo del cine japonés. El fracaso en taquilla hundió a Daiei y no volvió a hacerse una de la saga Gamera hasta 1995, quince años después.

Pero, ¿qué puede convertir a algo horrible en entrañable? Todo es tan cutre, tan mal hecho, sin pizca de dinero ni sonrojo, que a la fuerza se le acaba cogiendo cariño. No se molestaron en disimular: furgonetas que flotan, vehículos que se parten por la mitad y siguen en marcha, transformaciones coreografiadas, rayos láser, teletransportaciones sobre un fondo de Valerio Lazarov… y por encima de todo, haber metido con calzador la batalla más épica, un “Gamera vs. Guiron” (1969) repetido once años después, donde la tortuga gigante llega a hacer barras de gimnasia. Ni Nadia Comaneci tuvo tal soltura en Montreal.

Cualquier crítico en su sano juicio le daría un cero sin contemplaciones. No obstante, bastante castigo se llevó en vida. Asi que recordémosla como uno de los mejores ejemplos de “malas pero divertidas” que fácilmente pueden encontrarse por Torrent o descarga directa. Ideal para ver con amigos.

despedido
“¿A que no se nota?”
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